Padres, ¿jugamos? Tiempo de juego compartido en familia ¡Cómo me gusta jugar!

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  • 11 Sep, 2013
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    No es casual que se haya jugado siempre y en todas partes. En realidad, los juegos forman parte de aquel pequeño grupo de actividades humanas que han transcendido a las sociedades que las han creado, más allá de obstáculos lingüísticos, culturales, sociales y también geográficos.

    El juego es una experiencia emocional cargada de comunicación e interacción con los otros, con los objetos y con el espacio. A través del juego, los niños se socializan en la cultura de grupo, e integran valores éticos, morales y estéticos de la sociedad a la que pertenecen. Esta es una de las razones esenciales que lo convierten en una de las actividades fundamentales en el desarrollo de las personas.

    L’American Academy of Pediatrics lo afirma con las siguientes palabras: “El juego es esencial, por encima de ninguna otra actividad, porque los niños alcanzan metas sociales, emocionales e intelectuales en su desarrollo, así como para ayudarlos a gestionar el estrés y a adaptarse más bien a distintas circunstancias”.

    Podemos afirmar que para los niños, el juego es su lenguaje. Un simple, “Vale qué…? pone en marcha cantidad de mecanismos que culminan en un grupo de niños y niñas jugando.

    Un reto para nosotros, los padres y las madres.

    Sin duda, los padres tenemos una función importantísima como garantes y estimuladores del juego de nuestros hijos e hijas. La influencia de la familia en el desarrollo de la capacidad de jugar, es cómo mínima, significativa.

    Hay padres que se angustia delante de los juegos agresivos de sus hijos; y a otros les es difícil el nivel de ruido y jaleo que suponen algunos juegos; otros intentan estimular desmesuradamente los juegos didácticos; y otros hacen de los juegos una especie de cruzada ideológica imponiendo y prohibiendo juegos y juguetes, con la mejor de sus intenciones.

    A veces los adultos convertimos el juego en un substituto de la vida real; cocinitas y ferias para que no molesten en la cocina, animales de peluche en lugar de los de verdad, etc. En definitiva, sin quererlo, relegamos el juego al mero entretenimiento, cuanto menos molesto y ruidoso, mejor.  Y con esta actitud, cualquier actividad que nos parezca más útil y productiva, gana la partida al juego.

    Definimos, todavía, en nuestro interior colectivo, el juego en términos negativos, como algo poco serio, inútil y banal, y consecuentemente, sin valor: ¿Cuándo dejarás de jugar y te comportarás? ¿No ves que ya eres mayor? ¡No juegues conmigo! O, ¡se lo toma todo, como un juego!. Todas estas, frases que escuchamos con demasiada frecuencia.

    Pero también sabemos que quizás si hoy como adultos, somos capaces de afrontar los retos que la vida nos presenta, es porque un día nos atrevimos a subir a una bicicleta; si disfrutamos de la contemplación de una obra de artes es porque muchas tardes nos quedamos boquiabiertos viendo bailar una peonza; seguramente si hoy podemos ponernos en la piel de otro es porque un día jugamos a ser otro.

    Diset niña jugando

    Es imprescindible, entonces, nuestra actitud abierta y positiva frente al juego de los niños. Facilitarles recursos, prestar atención a sus necesidades y al desarrollo del juego, disfrutar de la situación y del momento. Esta actitud atenta y confiada nos permtirirá aceptar la necesidad del niño de jugar con nosotros o de adaptarnos a su juego. De esta manera, compartiendo el juego con otros, comprenden que existen determinadas reglas que conviene seguir para poder jugar, aprenden a conocerse mejor y a conocer a los otros, a esperar el turno y a aceptar los resultados aunque no les sean favorables, y así crean defensas a la frustración. Aprenden a expresar emociones, a resolver conflictos, a ceder, a negociar, ofrecer, pedir y a interiorizar normas y pautas de comportamiento.

    Porque jugar es también una manera de convivir y de reforzar lazos familiares. Se trata de crear espacios de confianza, libertady creatividad, estimuladores del juego, en el que el niño pueda crecer y desarrollarse.

    No hay nada mejor, por tanto, que concentrar nuestra voluntad para estimular su capacidad de jugar y recuperar nuestra actitud lúdica: libre, placentera, alegre,curiosa y de total gratuitidad.

    Necesitaremos, también, despertar la necesidad, el deseo y las ganas de mirar, tocar, saber, reír, abrazar, descubrir y pensar. Y será necesario reservar e imaginar tiempo para jugar con otros niños, compañeros de juego con quienes compartir  la alegría y el conflicto, y por descontado, adultos cercanos capaces de disfrutar afectuosamente del juego.

    Porque es un error pensar que el juego es básicamente una actividad infantil. El juego es una capacidad del ser humano, como hacer, pensar o querer. Y como dice Huizinga hablando del juego: “Adorna la vida, la completa, y es, en este sentido, imprescindible para la persona, como función biológica, y para la comunidad, por el sentido que esconde, por su significado, por su valor expresivo y por las conexiones espirituales y sociales que crea: en una palabra, como función cultural. La pulsión del juego forma parte de nuestra historia, nos define como personas y como comunidad, y nos muestra así, toda su profundidad.

    Quizás, una propuesta adecuada, sería recuperar el juego como una ilusión, un reto a compartir. Con el cambio, saldrían favorecidos los niños, ¡por descontado! Pero también nosotros, los adultos, libres de convencionalismos y ocupados en difrutar de y con nuetros hijos, de nuestras particulares e intensas vidas. Vale la pena intentarlo. ¡Eso sí, no como un deber más, sino con una actitud de juego!

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    Sobre el autor

    Inma Marín. Directora de MARINVA, consultora especializada en educación, comunicación y formación a través del juego.
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